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Unidad 2 de 5

El mismo metro de tela, dos utilidades distintas: por qué clasificar un costo ya es decidir

Cómo un mismo inventario produce dos resultados según la fórmula de cálculo elegida, por qué el costo variable es constante y el fijo es variable, y qué exige la NIC 2 al valorar los materiales. Reseña de la Unidad 2 del curso de Contabilidad de Costos.

Una fábrica de confecciones compra tela durante agosto. Ingresan 7.200 metros por 90.720.000 pesos, salen 6.000 hacia producción y quedan 1.200 en el almacén. Los datos son idénticos para cualquier observador: mismo material, mismo consumo, mismo saldo final. Y sin embargo, según cuál de las dos fórmulas admitidas por la norma internacional aplique la empresa, el costo cargado a la producción será de 74.800.000 o de 75.168.000 pesos. Una diferencia de 368.000 que no proviene de ningún hecho económico distinto, sino de una decisión de método.

Esa diferencia —simétrica, exacta, verificable— es el punto de llegada de la Unidad Temática 2. Pero para entenderla hay que recorrer antes el territorio del vocabulario técnico, y ese recorrido es menos árido de lo que sugiere el título de la unidad. Porque lo que aquí se aprende no son definiciones para memorizar: son criterios de clasificación, y cada criterio de clasificación habilita un tipo distinto de decisión gerencial. Clasificar un costo, en contabilidad de costos, ya es una forma de decidir.

El vocabulario que decide

La Unidad 1 estableció el marco general: la contabilidad de costos mide el costo de objetos previamente definidos, con el doble propósito de valorar los inventarios para efectos externos y de sostener las funciones de planeación y control. Si aquella respondía qué es y para qué sirve la información de costos, esta responde cómo se descompone y se clasifica.

El punto de partida afina una precisión ya introducida. Una erogación es la salida de recursos destinada a adquirir bienes o servicios; un costo, el valor de los recursos sacrificados de los cuales se espera un beneficio futuro; un gasto, el de los consumidos en el período sin que subsista beneficio alguno. Según el momento en que afectan el resultado, los costos se dividen en costos del producto —inventariables, porque permanecen en el Estado de Situación Financiera hasta que el producto se vende— y costos del período, reconocidos directamente en el Estado de Resultado Integral del ejercicio.

La unidad ilustra la distinción con un ejemplo deliberadamente simétrico. Un fabricante de muebles registra en agosto la depreciación de la sierra industrial de su planta y la depreciación del vehículo del gerente comercial. Ambas erogaciones tienen idéntica naturaleza contable —depreciación— y reciben tratamiento opuesto: la primera es costo inventariable y se incorpora al valor de los muebles fabricados; la segunda es gasto del período y afecta el resultado de agosto con independencia de si esos muebles se vendieron o no. El criterio, por lo tanto, no atiende a la naturaleza de la erogación sino a su función dentro de la organización.

Lo que sigue de allí es una consecuencia poco intuitiva pero de gran alcance práctico: el momento en que una erogación golpea la utilidad no lo determina la fecha del pago, sino la función del recurso. Un administrador que no domine esa distinción interpretará mal cualquier estado financiero de una empresa industrial.

Anatomía de lo que cuesta producir

Establecido el criterio, la unidad descompone el costo de producción en sus tres elementos y desdobla cada uno según pueda o no atribuirse económicamente al objeto de costo.

La materia prima comprende los materiales que se someten a transformación y quedan incorporados en el producto terminado. Es directa cuando forma parte integrante del producto y su consumo puede medirse y atribuirse a una unidad o lote determinado —la tela antifluido del uniforme, cuyo consumo por prenda es perfectamente calculable—. Es indirecta cuando, aun incorporándose al producto, tiene un valor unitario tan reducido o un consumo tan difícil de medir que resulta antieconómico rastrearla: los hilos, los botones, las cremalleras, las etiquetas.

La mano de obra comprende la remuneración del personal que interviene en el proceso productivo, y aquí la unidad advierte algo que conviene retener: su costo no equivale al salario básico, pues las prestaciones sociales y los aportes que impone la legislación laboral colombiana integran el costo real del trabajador. Es directa cuando el personal transforma físicamente la materia prima y su tiempo puede atribuirse a una orden —los operarios de corte y confección—; es indirecta cuando no transforma directamente el producto: el supervisor de planta, el almacenista, el personal de mantenimiento, el inspector de calidad.

El tercer elemento, los costos indirectos de fabricación —también llamados carga fabril u overhead—, agrupa todos los costos necesarios para producir que no pueden atribuirse económicamente a una unidad. No es una partida homogénea sino un agregado heterogéneo cuya única característica común es, precisamente, esa imposibilidad de identificación: allí van la materia prima y la mano de obra indirectas, la depreciación de la maquinaria, el arrendamiento de la planta, los servicios públicos de producción, los seguros y el mantenimiento.

El criterio unificador merece subrayarse porque suele malinterpretarse: la distinción entre directo e indirecto no atiende a la importancia del recurso ni a su cuantía, sino a la posibilidad económica de atribuirlo al objeto de costo. Un material puede ser costoso y clasificarse como indirecto si medir su consumo por unidad resulta más oneroso que el beneficio de conocerlo con precisión. De ahí que la clasificación de un mismo recurso pueda variar entre empresas —e incluso dentro de una misma empresa— según el objeto de costo definido y el sistema de registro disponible.

La unidad cierra este apartado recordando las dos agrupaciones convencionales: el costo primo, suma de los dos elementos directos, y los costos de conversión, suma de la mano de obra directa y los costos indirectos. Como la mano de obra directa integra ambas, el costo de producción no equivale a la suma de las dos agrupaciones; sumarlas duplicaría ese elemento. La observación parece menor y es, en la práctica, una de las fuentes de error más persistentes en las evaluaciones.

La trampa del lenguaje: cuando lo variable es constante

De todas las clasificaciones que la unidad desarrolla, ninguna produce tanta confusión inicial como la que atiende al comportamiento del costo frente al volumen. Y la razón es puramente lingüística: los nombres sugieren lo contrario de lo que ocurre.

Un costo variable es aquel cuyo importe total cambia en proporción directa al nivel de actividad, permaneciendo constante su valor por unidad. Esa doble condición es su rasgo definitorio. Si cada uniforme consume dos metros y medio de tela a 12.400 pesos el metro, el costo de tela por prenda asciende a 31.000 pesos: producir mil uniformes cuesta 31.000.000 en tela y producir dos mil, 62.000.000. El total se duplicó; el unitario no se movió. La proporcionalidad opera sobre el agregado, nunca sobre la unidad.

Un costo fijo presenta la relación inversa: su importe total permanece constante dentro de un rango relevante, mientras su valor por unidad disminuye al aumentar el volumen. El arrendamiento mensual de la planta —5.400.000 pesos— no cambia si se fabrican mil o dos mil uniformes, pero aporta 5.400 pesos al costo de cada prenda en el primer caso y solo 2.700 en el segundo. De ahí una consecuencia gerencial de primer orden: el aprovechamiento de la capacidad instalada es, por sí mismo, una palanca de reducción del costo unitario.

Esa afirmación, sin embargo, tiene un límite que la unidad denomina rango relevante: el intervalo de actividad dentro del cual resultan válidos los supuestos sobre el comportamiento de los costos. Fuera de él, un costo fijo deja de serlo. Si la fábrica duplicara su producción requeriría una segunda planta, y el arrendamiento saltaría a un nivel superior. Ningún costo es fijo de manera absoluta: la fijeza es una propiedad relativa al rango de actividad y al horizonte temporal considerados.

Entre ambos extremos se sitúan los costos mixtos, que contienen simultáneamente un componente fijo y uno variable. Los hay semivariables —el servicio de energía eléctrica de la planta, con su cargo básico y su consumo medido— y escalonados, que permanecen constantes por tramos y saltan al superarse cada uno: la remuneración de los supervisores cuando cada uno atiende hasta un número determinado de operarios.

Como el análisis costo-volumen-utilidad de la unidad siguiente exige clasificar todos los costos en fijos o variables, los mixtos deben descomponerse. La unidad desarrolla para ello el método de punto alto–punto bajo sobre el consumo de energía de planta de una fábrica de muebles del Caquetá. Tomadas las dos observaciones extremas —abril con 1.800 horas-máquina y 5.840.000 pesos; marzo con 900 horas y 4.220.000—, la diferencia de costo dividida entre la de actividad arroja una tasa variable de 1.800 pesos por hora-máquina; restada esa porción del costo del punto alto resulta un componente fijo de 2.600.000, que la comprobación por el punto bajo confirma. Con esa función, la empresa puede presupuestar el consumo para cualquier nivel dentro del rango relevante.

El apartado se cierra señalando la limitación del método: usa dos de las seis observaciones y descarta el resto, de modo que si uno de los extremos correspondiera a un mes atípico, la función obtenida distorsionaría todo el análisis posterior. De ahí que la doctrina prefiera, cuando hay datos suficientes, el método de mínimos cuadrados, que aprovecha la totalidad de la información.

Cuatro casillas, cuatro decisiones

Las dos clasificaciones que la unidad desarrolla —por comportamiento y por identificación con el objeto de costo— no son excluyentes sino simultáneas e independientes. Todo costo ocupa, por lo tanto, una de cuatro casillas posibles.

Hay costos directos y variables, como la tela consumida por uniforme: aumentan con las unidades producidas y pueden medirse por prenda. Hay costos indirectos y variables, como la energía eléctrica de las máquinas de confección: aumentan con la actividad, pero no es posible medir cuánta consumió cada prenda. Hay costos indirectos y fijos, como el arrendamiento de la planta y el salario del supervisor: ni varían con el volumen ni se identifican con la unidad. Y hay costos directos y fijos —la casilla que más cuesta reconocer—, como la depreciación de una máquina dedicada en exclusiva a una línea de producto: no varía con el volumen, pero se identifica sin ambigüedad con esa línea.

Cada clasificación responde a una pregunta gerencial distinta. La de comportamiento responde qué ocurre con el costo si cambia el volumen, y sustenta las decisiones de corto plazo. La de identificación responde si el costo puede atribuirse al objeto sin distribución, y determina el diseño del sistema de acumulación. Y como esta última es relativa al objeto definido, la pregunta correcta nunca es si un costo es directo o indirecto, sino directo o indirecto respecto de qué: el salario del supervisor es indirecto respecto de cada uniforme y directo respecto del departamento de confección.

El mismo metro de tela, dos utilidades

Con el vocabulario ya construido, la unidad aborda su bloque más técnico: los inventarios de la empresa manufacturera y su medición conforme a la Norma Internacional de Contabilidad NIC 2, de aplicación obligatoria en Colombia en virtud de la Ley 1314 de 2009 y del Decreto 2420 de 2015.

La regla general es que los inventarios se miden al menor valor entre el costo y el valor neto realizable —el precio estimado de venta menos los costos de terminación y de venta—. El costo comprende los de adquisición, los de transformación y cuantos se hayan incurrido para dar a los inventarios su condición y ubicación actuales.

Dos disposiciones de la norma merecen atención especial porque tienen consecuencias gerenciales directas. La primera: la distribución de los costos indirectos fijos debe basarse en la capacidad normal de producción, no en la producción efectiva, y el importe no distribuido por operar por debajo de esa capacidad se reconoce como gasto del período. La segunda: las cantidades anormales de desperdicio de materiales, de mano de obra o de otros costos de producción se excluyen del costo del inventario y se llevan igualmente al resultado. La pérdida normal, inherente al proceso, integra el costo del producto; la pérdida anormal, evitable, no puede activarse. Dicho de otro modo, la norma impide que la ineficiencia se esconda en el inventario: obliga a que la capacidad ociosa y el desperdicio evitable resulten visibles para el usuario de la información financiera.

Cuando los inventarios comprenden gran número de partidas intercambiables, la norma admite dos fórmulas de cálculo del costo: primeras entradas, primeras salidas (PEPS) y costo promedio ponderado. Conviene advertir que la fórmula UEPS, ampliamente desarrollada en la bibliografía anterior a la convergencia, no es aceptada por la NIC 2; el estudiante debe conocerla para leer los textos clásicos, no para aplicarla.

Aquí cobra sentido el caso que abrió este artículo. La unidad desarrolla el kardex completo de la tela antifluido durante agosto aplicando ambas fórmulas sobre los mismos movimientos. El PEPS supone que las unidades adquiridas primero se consumen primero, de modo que cada requisición agota las capas más antiguas y el saldo final queda valorado a precios recientes. El promedio ponderado calcula, después de cada entrada, un costo unitario medio que rige las salidas siguientes hasta que una nueva compra lo modifique.

Ambos parten de un costo disponible idéntico de 90.720.000 pesos por 7.200 metros y arrojan el mismo saldo físico de 1.200 metros. La diferencia radica exclusivamente en cómo se distribuye ese valor. En un período de precios crecientes —la tela pasó de 12.000 a 13.500 pesos el metro—, el PEPS carga a la producción las capas más antiguas y por tanto más económicas: reporta un consumo de 74.800.000 y deja un inventario final de 15.920.000. El promedio ponderado, al diluir el efecto de las alzas, carga 75.168.000 al consumo y deja 15.552.000 en el activo. La diferencia de 368.000 pesos es perfectamente simétrica: lo que un método no carga al costo, queda en el inventario.

La consecuencia excede lo técnico. La elección de la fórmula afecta simultáneamente la utilidad reportada del período y el valor del activo presentado en el Estado de Situación Financiera. Por eso la NIC 2 exige emplear la misma fórmula para todos los inventarios de naturaleza y uso similares y mantenerla uniforme en el tiempo: la exigencia de uniformidad cumple la función precisa de impedir que la entidad module su resultado cambiando de método entre períodos.

Comprar bien no es comprar barato

La unidad cierra con el tercero de sus resultados de aprendizaje —recomendar decisiones de compras de cantidades y tipos de materiales—, y lo hace separando dos dimensiones que suelen confundirse.

La selección del tipo de material no se resuelve por el precio de compra: un material más económico puede resultar más costoso si genera mayor desperdicio, exige más tiempo de proceso o produce devoluciones. La evaluación debe considerar la idoneidad técnica, el rendimiento efectivo —interesa el costo por unidad de producto terminado, no por unidad de material—, la confiabilidad del proveedor, la estabilidad del suministro, las condiciones comerciales y los costos de adquisición que la NIC 2 incorpora al inventario. Una tela de mayor ancho útil puede reducir el desperdicio de trazo y resultar más económica pese a costar más por metro.

La determinación de la cantidad por pedido, en cambio, responde a una tensión entre dos categorías de costo que se comportan en sentido opuesto. Los costos de ordenar —tramitación, comunicaciones, transporte, recepción, inspección— se causan por pedido y no por unidad, de modo que su importe anual disminuye a medida que aumenta el tamaño del lote. Los costos de mantener —almacenamiento, seguros, obsolescencia, deterioro, mermas y el costo de oportunidad del capital inmovilizado— dependen del nivel medio de existencias y crecen con el tamaño del lote.

La unidad evalúa cuatro políticas alternativas para un consumo anual de 72.000 metros, con un costo de ordenar de 180.000 pesos por pedido y uno de mantener de 600 pesos por metro al año. El resultado dibuja una curva en forma de U cuyo mínimo no se encuentra en ninguno de los extremos: veinticuatro pedidos anuales cuestan 5.220.000 pesos; doce pedidos, 3.960.000; seis pedidos, 4.680.000; y cuatro pedidos, 6.120.000. Al pasar de veinticuatro a cuatro pedidos, el costo de ordenar se reduce en 3.600.000, pero el de mantener aumenta en 4.500.000.

La lectura gerencial es inequívoca: reducir el número de pedidos no constituye, por sí mismo, una medida de ahorro. La recomendación al área de compras debe fundarse en el costo total y no en una sola de sus componentes —y debe ponderar, además, el riesgo de desabastecimiento, la disponibilidad de espacio en el almacén y los eventuales descuentos por volumen, que el análisis cuantitativo por sí solo no captura.

Preguntas de reflexión

  1. La unidad sostiene que la clasificación de un mismo recurso puede variar entre empresas según el objeto de costo definido y el sistema de registro disponible. ¿Qué implicaciones tiene esto para la comparabilidad de los costos unitarios entre dos empresas del mismo sector, y qué precauciones tomaría antes de usar un costo de la competencia como referencia?

  2. Un costo variable es constante por unidad y un costo fijo varía por unidad. Construya un escenario en el que un gerente, al observar que el costo unitario total de su producto disminuyó, concluya erróneamente que mejoró la eficiencia. ¿Qué dato adicional necesitaría para saber si la mejora es real o meramente aritmética?

  3. La NIC 2 obliga a distribuir los costos indirectos fijos sobre la capacidad normal y a reconocer como gasto del período el importe no distribuido. ¿Por qué esa exigencia protege al usuario externo de la información financiera, y qué señal le entrega a un administrador sobre el aprovechamiento de su planta?

  4. Dos empresas idénticas, con las mismas compras y el mismo consumo, reportan utilidades distintas por aplicar fórmulas de cálculo distintas. ¿Significa esto que la utilidad contable es arbitraria? Argumente considerando la exigencia de uniformidad que la norma impone y qué protege esa exigencia.

  5. El análisis de políticas de compra muestra que el costo total describe una curva en U. Si su proveedor le ofreciera un descuento del tres por ciento por adquirir lotes tres veces mayores a los actuales, ¿qué elementos incorporaría al análisis antes de aceptar, y cuáles de ellos no aparecen en el modelo cuantitativo?

Para seguir leyendo

Este artículo recorre la lógica de la Unidad 2, pero deja fuera lo que solo se comprende siguiendo el cálculo con lápiz: el kardex desarrollado movimiento por movimiento bajo ambas fórmulas, la tabla comparativa de sus efectos, el método de punto alto–punto bajo con verificación por ambos extremos, la matriz de doble clasificación y las diez preguntas de autoevaluación.

La guía completa está disponible en PDF: diecinueve páginas con los casos de Confecciones Amazónicas S.A.S. y Maderas del Caquetá S.A.S. —empresas ficticias de la región, empleadas con fines didácticos—, todas las cifras verificadas y las reconciliaciones cuadradas al peso. Descárguela y reconstruya el kardex por su cuenta antes de mirar el resultado: es el ejercicio que más rendimiento produce de toda la unidad.

En la Unidad 3, este vocabulario se pone a trabajar. Con los costos ya separados en fijos y variables, el análisis costo-volumen-utilidad permitirá responder cuánto debe vender una empresa para no perder, cuánto para alcanzar una meta y cuánto puede caer antes de comprometer su resultado.

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