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Unidad 4 de 5

Costeo por órdenes de trabajo: cuando cada pedido tiene su propia historia de costos

Reseña de la Unidad 4 del curso de Contabilidad de Costos para Administración de Empresas: la hoja de costos, la tasa predeterminada, la capacidad normal que exige la NIC 2 y el análisis de variaciones que convierte una cifra global en dos decisiones distintas.

Una planta gastó un millón de pesos menos de lo que su propio presupuesto había previsto. Y, aun así, sus órdenes de producción quedaron cortas en $1.400.000 de costos indirectos. Las dos afirmaciones son simultáneamente verdaderas, están verificadas al centavo y describen el mismo mes de la misma empresa. Entender por qué no se contradicen equivale, en buena medida, a entender la Unidad 4 completa.

Las tres unidades precedentes construyeron el andamiaje: situaron la contabilidad de costos dentro del sistema de información de la organización, fijaron la terminología y los tres elementos del costo, e introdujeron el análisis costo–volumen–utilidad como herramienta de decisión. Esta cuarta unidad da el paso que las anteriores anunciaron y dejaron pendiente en dos ocasiones: el estudio de la capacidad normal y de las variaciones que su aprovechamiento —o su desperdicio— produce. Lo hace sobre un sistema concreto, el costeo por órdenes de trabajo, y sobre un caso ya familiar: Confecciones Amazónicas S.A.S., empresa ficticia del Caquetá, en su operación de septiembre de 2026.

Lo que sigue es una lectura de orientación, no un sustituto de la guía: busca que el estudiante llegue al documento técnico sabiendo qué buscar en cada tramo y por qué un concepto conduce al siguiente.

La primera decisión no es cuánto cuesta, sino qué se está costeando

Antes de calcular un solo peso, toda organización debe resolver una pregunta de diseño: ¿qué unidad de análisis va a costear? La respuesta no depende del gusto del contador ni del tamaño de la empresa, sino de la naturaleza física de lo que se fabrica, y de ella se desprende con bastante rigidez todo lo demás.

La doctrina reconoce dos sistemas de acumulación. El costeo por órdenes de trabajo se emplea cuando la producción se realiza por lotes o pedidos identificables, con especificaciones definidas por el cliente o por la administración: el objeto de costo es la orden y los costos se acumulan por separado para cada una. El costeo por procesos se emplea cuando la producción es continua y las unidades son homogéneas: el objeto de costo pasa a ser el departamento y el costo unitario resulta de promediar los costos del período entre las unidades procesadas, convertidas a unidades equivalentes cuando quedan parcialmente terminadas.

Conviene notar que la diferencia de fondo no está en el sector económico sino en la posibilidad de identificar las unidades. Un litro de leche pasteurizada no puede distinguirse de otro, y pretender costearlo individualmente sería gastar recursos en producir información que nadie podría usar. Un pedido de uniformes hospitalarios para una clínica, en cambio, difiere de otro de dotación industrial para una constructora en la tela, el diseño, las tallas, los acabados y el volumen: cada pedido es una orden identificable, con su propio consumo de materiales y de horas. Es el caso característico de las confecciones por pedido, los muebles sobre diseño, la metalmecánica, la construcción, la imprenta y las empresas de servicios profesionales que facturan por proyecto.

De ahí se sigue por qué esta unidad importa a un administrador y no solo a un contador. Una empresa que costea por órdenes puede responder si el pedido de la clínica fue más rentable que el de la constructora y qué margen dejó cada cotización aceptada; un sistema por procesos jamás podría hacerlo, porque su promedio disuelve esa información. La elección del sistema determina de antemano el repertorio de preguntas que la gerencia podrá formular.

Cabe advertir que la distinción, nítida en el plano conceptual, admite matices en la práctica: numerosas organizaciones operan sistemas híbridos, en los cuales una etapa se costea por procesos y otra por órdenes —una fábrica que teje su propia tela en flujo continuo y luego confecciona prendas por pedido es el ejemplo exacto—. La pregunta pertinente, por lo tanto, no es qué sistema emplea la empresa sino qué sistema corresponde a cada etapa de su proceso: homogeneidad y continuidad conducen al promedio; heterogeneidad e identificabilidad, a la acumulación individual.

La hoja de costos: el documento donde la planta se convierte en información

Si el objeto de costo es la orden, hace falta un registro que acumule los costos de cada una por separado. Ese registro es la hoja de costos, y la guía es categórica: sin hoja de costos no existe costeo por órdenes, porque allí es donde la acumulación individualizada se materializa.

Su estructura reproduce la descomposición del costo estudiada en la Unidad 2: cada hoja identifica la orden y registra los tres elementos a medida que se incurren, de modo que al concluir la fabricación su suma arroja el costo total y su división entre las unidades producidas entrega el costo unitario.

Ahora bien, la hoja no se alimenta de estimaciones sino de documentos que respaldan cada cargo, y ahí el sistema se vuelve frágil. La requisición de materiales es el documento con el que producción solicita al almacén la entrega de materiales para una orden determinada, y debe consignar el número de orden al cual se cargará el consumo. La tarjeta de tiempo registra el tiempo que cada trabajador dedica a cada orden y cumple una función doble: determina su remuneración y distribuye el costo de la mano de obra directa entre las órdenes en que efectivamente laboró.

Cabe señalar que la calidad de toda la información del sistema depende de la disciplina con que se diligencien esos dos documentos. Una requisición sin número de orden obliga a repartir arbitrariamente el consumo; una tarjeta de tiempo mal registrada traslada horas de una orden a otra y distorsiona los dos costos unitarios a la vez. Para el futuro administrador, la lección es incómoda pero valiosa: la precisión de un sistema de costos no se decide en la oficina de contabilidad sino en el piso de la planta, y es una cuestión de control interno antes que de aritmética.

Cobrar hoy lo que solo se sabrá mañana: la tasa predeterminada y la capacidad normal

Los dos primeros elementos del costo se cargan a cada orden mediante medición: la requisición informa cuántos metros de tela se consumieron y la tarjeta de tiempo, cuántas horas se trabajaron. Los costos indirectos, por definición, no admiten ese tratamiento; deben asignarse mediante un procedimiento de distribución.

Podría pensarse que lo correcto sería esperar el cierre, conocer los costos indirectos realmente incurridos y distribuirlos entonces. La guía descarta esa vía —el costeo real— como técnicamente posible pero gerencialmente inservible, por tres razones. La oportunidad: la empresa necesita el costo de una orden cuando la termina, no dos meses después, pues si debe cotizar un pedido similar la semana siguiente, un costo que llegará al cierre no le sirve. La estacionalidad: el mantenimiento mayor, los seguros anuales o el impuesto predial se causan de manera irregular, de modo que las órdenes fabricadas en el mes de su causación absorberían un costo desproporcionado frente a otras idénticas producidas en otro mes. Y la fluctuación del volumen: si el costo fijo se reparte entre la producción efectiva, el costo unitario sube en los meses de baja actividad y baja en los de alta, sin que nada haya cambiado en la eficiencia.

De lo anterior se concluye que la asignación debe apoyarse en una tasa predeterminada, calculada con anticipación dividiendo los costos indirectos presupuestados entre el nivel de actividad presupuestado. La base que sirve de denominador debe guardar relación causal con el consumo de recursos indirectos: las horas de mano de obra directa en procesos intensivos en trabajo manual, como la confección; las horas-máquina en procesos mecanizados. Una base mal elegida no invalida la aritmética del sistema, pero produce costos unitarios que inducen decisiones equivocadas, lo cual es peor que un error de cálculo, porque no se advierte.

El elemento decisivo está en el nivel de actividad que sirve de denominador, y allí interviene una exigencia normativa que esta unidad debía resolver. La NIC 2 dispone que la distribución de los costos indirectos fijos se base en la capacidad normal, entendida como la producción media que se espera conseguir en circunstancias normales: no la producción efectiva del período ni la capacidad máxima teórica de la planta. La consecuencia es de largo alcance, pues cuando la empresa opera por debajo de ese nivel una porción de los costos fijos queda sin distribuir, y la norma ordena reconocerla como gasto del período en lugar de incrementar el valor del inventario.

En el caso, la empresa estableció una capacidad normal de 4.000 horas de mano de obra directa mensuales y presupuestó costos indirectos por $40.000.000, separados en $24.000.000 fijos y $16.000.000 variables. La tasa resultante es de $10.000 por hora de mano de obra directa, descomponible en $6.000 de componente fijo y $4.000 de componente variable. Esa descomposición no altera la asignación a las órdenes, que se practica con la tasa total, pero resultará indispensable más adelante, cuando haya que explicar por qué la subaplicación del mes no significa lo que a primera vista parece.

Septiembre en la planta: tres órdenes, tres destinos contables

Con el instrumental montado, la guía despliega el caso. Durante septiembre la empresa trabajó en tres órdenes: la 214, de uniformes hospitalarios, venía del mes anterior con $12.600.000 acumulados; la 215, de dotación industrial, y la 216, de uniformes hospitalarios, se iniciaron en el mes. Al cierre, la 214 y la 215 estaban terminadas y la 216 seguía en proceso; la 214, además, fue facturada y entregada.

Las tres hojas acumulan $45.000.000 de materia prima directa, $43.200.000 de mano de obra directa y 3.600 horas de trabajo, sobre las cuales se aplican $36.000.000 de costos indirectos. Conviene detenerse en esta última cifra, que no proviene de ninguna medición: es el producto de multiplicar las 3.600 horas por la tasa de $10.000. El resultado por orden es nítido: la 214 acumuló $46.400.000 para 1.600 unidades, de modo que cada uniforme hospitalario costó $29.000; la 215, $59.400.000 para 1.800 unidades, es decir $33.000 por conjunto de dotación industrial; la 216 quedó con $31.000.000 y sin costo unitario, porque aún no termina.

Ahí está, en dos cifras, el argumento del sistema: ni el $29.000 ni el $33.000 serían obtenibles bajo un costeo por procesos, cuyo promedio arrojaría un costo unitario único que no correspondería a ninguno de los dos productos. Y sobre esas dos cifras —no sobre un promedio— se cotiza, se factura y se decide si conviene volver a tomar un pedido semejante.

El estado de avance determina, además, el destino contable de cada orden: la que sigue en proceso es el inventario final de productos en proceso; la terminada y no vendida, el de productos terminados; y la vendida, el costo de ventas. Así, el flujo se arma sin cálculo adicional: los $12.600.000 iniciales más los $124.200.000 de costos del período, menos los $31.000.000 de la orden 216, arrojan un costo de productos terminados de $105.800.000; al descontar los $59.400.000 de la orden 215 que permanece en inventario, queda un costo de ventas de $46.400.000, que es exactamente la hoja de la orden 214.

De lo anterior se concluye que el costeo por órdenes no altera la estructura del flujo de costos estudiada en la Unidad 1: la reproduce con exactitud. Lo que aporta es trazabilidad, pues el inventario final de productos en proceso de $31.000.000 no es un saldo global cuyo origen haya que reconstruir: es, literalmente, la orden 216.

Del asiento contable al Estado de Resultado Integral

El registro contable traduce ese flujo a nueve asientos, cuyo interés para un administrador no reside en la mecánica sino en lo que revelan: cada asiento marca el momento en que un costo cambia de naturaleza, se traslada de una etapa a otra o abandona el activo para afectar el resultado. Leerlos es seguir el rastro del dinero por la planta.

Dos rasgos del ciclo merecen atención, y ambos son conceptuales antes que técnicos. El primero es la existencia de dos cuentas de control para los costos indirectos: una acumula en el debe los costos efectivamente incurridos, la otra en el haber los importes cargados a las órdenes mediante la tasa predeterminada. Que el sistema necesite dos cuentas para lo que parece un solo concepto no es una complicación burocrática, sino el reconocimiento de que lo aplicado y lo real son magnitudes distintas cuya diferencia constituye información valiosa; al cierre ambas se cancelan entre sí y esa diferencia aparece.

El segundo es la naturaleza singular del asiento que aplica los costos indirectos, único del ciclo que no responde a ningún hecho económico externo: los $36.000.000 no se pagaron a nadie ese día, son el producto de una multiplicación. La consecuencia conviene retenerla: la cifra que llega a los inventarios y al costo de ventas es, en rigor, una estimación disciplinada y no una medición, y precisamente por eso el ciclo exige un asiento final que la confronte con la realidad.

El sistema ofrece, por último, su principal control interno: el saldo de productos en proceso del mayor debe coincidir con la suma de las hojas de las órdenes inconclusas. Mayor y auxiliar reflejan la misma realidad por caminos distintos; cuando no coinciden, hay un error en las requisiciones, en las tarjetas de tiempo o en la aplicación de la tasa, y localizarlo es condición previa para cerrar el período.

Un millón ahorrado y dos millones cuatrocientos mil desperdiciados

Llegamos al punto donde la unidad entrega su mayor rendimiento gerencial y se resuelve la aparente contradicción del comienzo. Dado que los costos indirectos se aplican mediante una tasa y no mediante medición, es inevitable que lo aplicado difiera de lo incurrido: en septiembre los costos indirectos reales fueron de $37.400.000 frente a $36.000.000 aplicados, una subaplicación de $1.400.000, desfavorable en su efecto sobre el resultado, porque las órdenes absorbieron menos costo del que la empresa efectivamente incurrió.

Hasta aquí, un dato. El problema es que esa cifra global no informa por qué se produjo la diferencia y, sin esa explicación, no habilita ninguna medida correctiva: controlar no consiste en constatar desviaciones sino en explicarlas. De ahí el análisis de dos vías, que separa la variación total en dos componentes de naturaleza y responsabilidad distintas. El instrumento que lo permite es el presupuesto flexible: el importe que la empresa habría debido incurrir al nivel de actividad realmente alcanzado, esto es, $24.000.000 de costos fijos presupuestados más $4.000 por cada una de las 3.600 horas reales, en total $38.400.000.

Con esa referencia, los dos componentes se separan solos. La variación de presupuesto compara lo realmente incurrido con lo que el presupuesto flexible preveía: $37.400.000 frente a $38.400.000, esto es, $1.000.000 favorable. La empresa gastó un millón menos de lo que su propio presupuesto contemplaba para 3.600 horas, y es la variación que la administración de planta controla efectivamente, pues depende de la negociación con proveedores, del consumo de energía, del mantenimiento y del uso de los materiales indirectos. La variación de capacidad compara el presupuesto flexible con lo aplicado: $38.400.000 frente a $36.000.000, o sea $2.400.000 desfavorable. Su origen es exclusivamente el componente fijo de la tasa, y la comprobación lo demuestra: la empresa operó 400 horas por debajo de su capacidad normal de 4.000, y cada hora no utilizada dejó de absorber los $6.000 de componente fijo.

Las dos variaciones suman la subaplicación total de $1.400.000, y con ello la contradicción inicial se disuelve. No hubo error alguno: la planta fue eficiente en el gasto y, al mismo tiempo, la empresa desaprovechó su capacidad instalada. Son dos hechos distintos, con responsables distintos, que una sola cifra global mantenía ocultos: la eficiencia del gasto corresponde a la administración de planta, mientras el aprovechamiento del nivel normal de operación depende de las áreas comercial y de planeación, que determinan el volumen de pedidos y la programación de la capacidad. Pedirle al jefe de planta una explicación por la variación de capacidad sería reclamarle por una decisión que nunca tomó.

El tratamiento contable de ambas no es indiferente, y aquí la NIC 2 vuelve a intervenir: la variación de capacidad desfavorable no puede incorporarse al valor del inventario, sino reconocerse como gasto del período. Si se repartiera entre los inventarios, el subaprovechamiento quedaría activado y los productos no vendidos aparecerían en el Estado de Situación Financiera cargando un costo que no proviene de su fabricación sino de la ociosidad de la empresa, sin que el usuario externo lo advirtiera. La variación de presupuesto, en cambio, es una eficiencia en el gasto de recursos que sí integran el costo de transformación, de modo que ajusta el costo de ventas.

El efecto sobre el resultado cierra el argumento. Con ingresos de $80.000.000 por la orden 214 y un costo de ventas de $46.400.000 ajustado por el millón favorable, la utilidad bruta asciende a $34.600.000, un margen del 43,25 % sobre las ventas; descontados los $2.400.000 de gasto por capacidad no utilizada y $18.000.000 de gastos de administración y ventas, el resultado operacional queda en $14.200.000. Esa lectura es más rica que la de un estado ordinario: el margen bruto informa sobre la rentabilidad de la orden facturada y la partida de capacidad no utilizada informa, separada y visible, cuánto le costó a la empresa operar 400 horas por debajo de su nivel normal. Un gerente lee al mismo tiempo qué tan bien vendió y qué tan bien usó su planta, que son dos preguntas distintas y ninguna prescindible.

Preguntas de reflexión

Las siguientes preguntas retoman y reformulan, en clave de decisión gerencial, algunas de las diez que la guía propone. Conviene responderlas de forma argumentada antes de abordar el documento completo y volver sobre ellas después de leerlo.

  1. Si la empresa esperara el cierre del período para distribuir sus costos indirectos reales, dos órdenes técnicamente idénticas podrían arrojar costos unitarios distintos. Construya ese escenario con un ejemplo propio y explique qué consecuencia tendría sobre una cotización presentada a un cliente recurrente.

  2. Una fábrica de muebles aplica sus costos indirectos con base en el costo de la materia prima directa. Argumente por qué esa elección puede producir costos unitarios engañosos y proponga una base más pertinente, explicitando la relación causal en la que se apoya.

  3. La variación de presupuesto y la variación de capacidad tienen orígenes, significados y responsables distintos. Explique esa distinción y responda: ¿por qué carecería de sentido pedirle al jefe de planta una explicación por la variación de capacidad, y a quién correspondería pedírsela?

  4. La NIC 2 prohíbe incorporar al valor del inventario los costos indirectos fijos no distribuidos por capacidad ociosa. Explique el fundamento de esa prohibición y precise qué información perdería el usuario externo de los estados financieros si la práctica contraria estuviera permitida.

  5. Si usted dirigiera Confecciones Amazónicas S.A.S. y recibiera el estado de resultados del caso, ¿qué dos decisiones concretas tomaría a partir de los $2.400.000 de capacidad no utilizada, equivalentes a 400 horas de planta sin emplear, y qué área debería ejecutar cada una?

Para seguir leyendo

Esta reseña recorrió la lógica de la unidad; el documento completo despliega su técnica: las tres hojas de costos desagregadas, el flujo de inventarios con sus reconciliaciones, los nueve asientos explicados uno por uno, el mapa del recorrido del costo por la planta, la descomposición gráfica de las variaciones, el cuadro comparativo de los dos sistemas sobre siete criterios y las diez preguntas de autoevaluación que preparan el trabajo escrito del tercer corte.

Descargue y estudie la guía completa de la Unidad Temática 4 — Costeo por Órdenes de Trabajo. Léala con papel y calculadora al lado, rehaga los cálculos en lugar de leerlos y deténgase en cada síntesis de sección para comprobar si podría explicarle a otra persona lo que acaba de leer. Esa es la diferencia entre haber leído sobre costos y saber costear.


Confecciones Amazónicas S.A.S. es una empresa ficticia empleada con fines exclusivamente didácticos.

Primera página de Guia Lectura U4 Costeo por Ordenes de Trabajo

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Guia Lectura U4 Costeo por Ordenes de Trabajo

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